Mujer, humanamente espiritual.
La mujer es un instrumento natural y espiritual, un vehículo receptivo que acoge y engendra vida, tanto física como “no física”.
¿Puede existir mayor milagro?
La experiencia de atraer un alma y sostenerla durante nueve meses, de sentir cómo se gesta y se transforma mientras madura…
¿Hay acaso un logro espiritual más profundo?
La constitución que permite esta habilidad creativa divina nos dota de la estructura física, mental y emocional necesaria para ella.
Esto significa que la mujer es, esencialmente neutral, y responde más a los ritmos que a los significados impuestos sobre la vida.
Nosotras abrazamos tanto la luz como la sombra, y para comprenderlo, necesitamos vivir la cercanía íntima con nuestro espíritu interior, que entiende y ejecuta lo justo y necesario, no con la razón, sino con el corazón.
El camino de la mujer se construye viviendo, relacionándose y actuando con conciencia.
En tiempos remotos, se buscaba que fuéramos entrenadas en el arte del discernimiento, para que nuestros actos, elecciones, impresiones y emanaciones fueran el resultado natural de las dinámicas de la vida, y no de necesidades emocionales o psíquicas inconscientes.
Lo ideal no es imponer, sino armonizar: la mujer liderando desde su interior, guiando con sabiduría y sensibilidad; el hombre conquistando y protegiendo desde el exterior, colaborando en la creación y preservación de la vida.
Lamentablemente, hemos llegado a percibir la vida como algo peligroso o amenazante.
Lo que es natural se mira muchas veces con recelo, como si fuera fuente de pecado.
La “falsa virtud” se alza frente al temor del error, y la rigidez, la previsibilidad y el control contrastan con lo espontáneo y lo genuinamente bueno.
Si la percepción de la mujer fuera restaurada, la espiritualidad dejaría de ser un esfuerzo mental y se volvería la experiencia de vivir la vida conscientemente.
Hoy, la palabra “consciente” suele asociarse a observación mental o incorpórea, pero cuando la percepción y la consciencia se rediman plenamente, veremos que la mujer es el vehículo ideal para percibir y guiar, tal como lo fue en tiempos pasados, en la época de la Sacerdotisa-Madre de la raza, símbolo de sabiduría y vida creadora.
Entonces, no necesitamos problemas, crisis, privaciones ni enfermedades para buscar y vivir la espiritualidad.
El abrazo puro y consciente de una mujer es, por sí mismo, suficiente para sentirlo.
-Grisel Oliveros-
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